Érase una vez hace muchos años un tirano de una pequeña ciudad romana, que odiaba las barbas mal afeitadas de algunos de sus ciudadanos. Reunió a sus ministros y les dijo: “Decreto 1: todo el mundo debe ir bien afeitado. Decreto 2: Nadie puede afeitarse a sí mismo. Y por favor búsquenme un barbero eficaz, con unos veinte años de experiencia, para otorgarle por el decreto 3, la única licencia de afeitar que vamos a dar. Todos deberán afeitarse la barba con él”. Uno de los ministros le objetó respetuosamente que ese barbero no iba poder afeitarse a sí mismo por el decreto 2 ni con otro barbero por el decreto 3, y por lo tanto no iba a poder cumplir con el decreto 1. El tirano, que era muy avispado, solucionó de inmediato el aparente dilema. ¿Cómo lo hizo?

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